La elección que puede cambiarlo todo: ¿Comunicación consciente o piloto automático?

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Cuando te comunicas es porque quieres algo: que te presten atención, te respeten, te quieran, te valoren, te reconozcan, compren tus productos o demanden tus servicios… Si eres capaz de poner intencionalidad a tu comunicación podrás conseguir aquello que busques cada vez que comunicas. Así de simple.

Tal vez creas que tu forma de comunicar es algo inamovible. Como el tamaño de tus pies o el color de tus ojos. Si es así, déjame decirte que te equivocas.

Gracias a la neuroplasticidad de tu cerebro, (casi) todo lo que se cuece en tu cabeza es susceptible de modificarse y, por tanto, mejorarse.

Si te preguntas cuál es la forma buena de comunicar, sólo hay una: la que funciona, es decir, la que logra el objetivo perseguido, ya sea amor, respeto, ventas, reconocimiento, atención…

Todos deberíamos poder contar con los recursos, herramientas, capacidades y conocimientos necesarios para poner la comunicación al servicio de lo que queremos, en lugar de padecer la tiranía de nuestras palabras.

Y para ello hay un elemento clave en cualquier proceso de comunicación pero que solemos infravalorar e incluso obviar y del que ya te he hablado-> el propósito.

No tener perfectamente definido un propósito en cada acto comunicativo es uno de los mayores obstáculos en el laberinto de la comunicación; uno especialmente tortuoso porque, a priori, parecen estar chupados. Todos creemos saber comunicar. Por favor, ¡si lo hacemos a diario!

Pero, ¿te has parado a analizar en detalle cómo comunicas?

→ Si tu respuesta es sí, enhorabuena, eres una de esas personas que dicen que la comunicación es importante y actúa en consecuencia. Es un honor tenerte aquí y espero que te quedes por mucho tiempo. Sin embargo…

→ Tengo malas noticias: la mayoría comunica en piloto automático, de la misma manera que respira. Es algo que, simplemente, ocurre.

Quiero que pienses algo: todas las personas que practican lo que se denomina respiración consciente (uno de los ejercicios básicos de la meditación) dicen que ha supuesto un antes y un después en sus vida.

Yo defiendo que con nuestra forma de comunicar ocurre lo mismo. Creo que deberíamos detenernos a analizar si estamos consiguiendo transmitir nuestras ideas de una manera acertada en relación a los objetivos que perseguimos.

Porque, y este es un principio general de la comunicación que suele olvidarse y en el que no me canso de insistir, todo acto de comunicación persigue algo: desde el bebé que llora para conseguir atención, hasta el guiño entre amigos que busca generar complicidad, pasando por la nota de buenos días junto a  la lista de la compra que dejamos a nuestra pareja en la puerta del frigorífico.

En este sentido, recientemente una experta en Habilidades de Comunicación a la que admiro profundamente, Teresa Baró, lanzó su Manifiesto por la Responsabilidad Comunicativa Personal (que puedes leer íntegramente aquí).

Ella defiende que “la responsabilidad comunicativa consiste en tomar conciencia de la influencia que ejercemos en los demás y en nosotros mismos a través de los procesos de comunicación que podemos controlar”. Entre los once puntos del manifiesto, hay tres que son especialmente relevantes para lo que te cuento aquí:

  1. Tomo conciencia de mi mismo: quién soy, cómo soy y cómo me comunico.

Este paso es clave para mejorar tu forma de comunicar (en tu vida personal y profesional, en tu empresa). Hacerte un DAFO comunicacional debería ser el primer paso para mejorar tu comunicación a todos los niveles.

  1. Soy consciente de la trascendencia de cada palabra, gesto o tono de voz.

Y es que, como he apuntado más arriba, comunicamos en piloto automático. No somos conscientes de esa trascendencia de la que habla Teresa. A veces las empresas se afanan en cuidar folletos, páginas web, cartelería, tarjetas de visita. Y todos esos esfuerzos quedan en nada cuando las personas responsables de la atención directa con el público no cuidan sus mensajes. Cada palabra, gesto o tono de voz (e insisto en el CADA) cuenta.

  1. Me comprometo conmigo mismo a mejorar cada día.

Porque puedes mejorar. Tú cerebro está preparado para aprender lo que quieras enseñarle (la neuroplasticidad, ¿recuerdas?). Sólo necesitas la voluntad de comunicar mejor y comprometerte en la tarea.


Ya sabes que me encantan los ejemplos, así que usaré uno que te fascinará.

En 2005 Pam Richardson publicó un libro titulado Coaching Personal. Diez años después, uno de los consejos de ese libro ha sido tendencia en la blogosfera y en redes sociales. Más de medio millón de personas, dicen, se han sumado al reto que planteaba Richardson. ¿Y en qué consiste? En algo (aparentemente) tan fácil como aguantar 21 días sin quejarte en voz alta.

Según defienden, los beneficios de este reto pueden ser increíbles: desde no generar un mal ambiente hasta controlar tus pensamientos negativos.

Y es que al parecer nos quejamos la friolera de unas veinte veces cada día, la mayoría de las veces por trivialidades. Es algo que hacemos sin darnos cuenta. De manera automatizada. Y una queja no deja de ser un acto de comunicación. Pero uno que no suma, sólo resta, merma o destruye. Porque hay que diferenciar entre la queja y la crítica constructiva; la queja y la asertividad; la queja y la exposición de argumentos.

Cada vez que te quejas estás enfocando tu atención en lo que no quieres, en lugar de en lo que sí deseas.

Las miles de personas que han afrontado este reto han hecho algo tan sencillo como decidir que quieren mejorar una faceta de la forma en la que se relacionan con el mundo y afrontar su objetivo con un plan de acción específico, medible, realista, retador y delimitado en el tiempo.

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